Natalia Nagovitsina, alpinista rusa, presunta fallecida en el Pico de la Victoria tras dos semanas a 7.000 metros

Dos semanas a 7.000 metros y -28 ºC. Ese es el tiempo que, según las autoridades de Kirguistán, lleva sin contacto la alpinista rusa Natalia Nagovitsina, de 47 años, en el Pico de la Victoria (Jengish Chokusu o Pik Pobeda), una de las montañas más duras del Tian Shan. La deportista se fracturó una pierna durante el descenso y su grupo la dejó atrás en una zona expuesta. El Gobierno ha detenido las operaciones de rescate por falta de señales de vida y por un parte meteorológico que cierra cualquier ventana segura. La búsqueda se retomará en primavera, cuando el clima lo permita.
Lo que se sabe del rescate y por qué se detuvo
El incidente ocurrió durante el descenso, el momento más crítico de una expedición en altura. La rotura de una pierna a esa cota convierte cualquier evacuación en una carrera contra el tiempo: cada metro exige aseguramientos adicionales, más manos, más cuerda y más oxígeno. Sin helicóptero operativo y con tormentas entrando, el margen se reduce a horas. En este caso, los equipos kirguises dieron por imposible la extracción en vida por tres factores que ellos mismos han señalado: mal tiempo persistente, altura extrema y ausencia total de comunicaciones desde hace días.
¿Por qué no llega un helicóptero? En el Tian Shan, los Mi-8 operan con límites estrictos de techo y carga. Por encima de 6.000 metros su rendimiento cae en picado, y a 7.000 metros una maniobra con viento fuerte, hielo en palas y nubosidad cerrada es un riesgo inasumible. Además, el Pico de la Victoria forma un laberinto de aristas y glaciares con corrientes caprichosas. Es un escenario que no admite errores.
Los servicios de emergencias han explicado que no hay indicios de que siga con vida. A esa altura, el cuerpo consume energías sin posibilidad de recuperación: permanece en reposo, tiembla, se enfría. El congelamiento avanza en dedos y cara. La hipoxia nubla el juicio. Y si la persona está inmóvil, la pérdida de calor es aún mayor. Con -28 ºC, viento y una lesión que impide moverse, las probabilidades se desploman con el paso de cada noche.
La decisión de suspender el rescate no ha cerrado la herida. El hijo de Nagovitsina, de 27 años, ha pedido que sigan buscándola. Ha sido una súplica directa a las autoridades: no acepta que se dé por imposible. Su voz ha corrido por redes y medios de varios países. Es la reacción comprensible de una familia que se agarra a cualquier resquicio, por pequeño que sea.
En terreno, cuando un miembro del grupo sufre una lesión grave en altura, el protocolo clásico es duro: estabilizar, abrigar, dejar comida y agua, anotar coordenadas, y bajar en busca de ayuda. Volver después con una partida ligera. Si el tiempo empeora, el regreso se complica. Cada día añade nieve, cambia la traza, se tapan grietas. Lo que ayer era una canal limpia, hoy es un embudo de hielo. Esa dinámica explica por qué muchas tentativas se quedan en intentos frustrados.
Desde el aparato estatal, el plan ahora es reactivar la búsqueda en primavera, cuando mejoran los vientos, sube la isoterma y la montaña se estabiliza. Es lo habitual en rescates diferidos de gran altitud: esperar a que el riesgo para los equipos no sea inaceptable. La prioridad es evitar más víctimas en una montaña que ya tiene demasiadas.

Una cumbre con fama letal y un pasado que pesa
El Pico de la Victoria, 7.439 metros en la frontera con China, es el techo del Tian Shan y una cima con mal carácter. La meteorología es volátil, los glaciares están vivos y las avalanchas tienen fama de caer sin avisar. No es un ochomil, pero su dureza está a la altura de los peores colosos. Las expediciones lo saben: la ventana buena suele ser corta y los partes meteorológicos cambian de un día a otro.
Quien ha subido allí habla de un frío que muerde, de tramos sin protección natural contra el viento y de una altitud que castiga con cefaleas, náuseas y fatiga constante. El margen de error es mínimo. Por eso Pobeda (su nombre ruso) acumula un historial de accidentes que lo colocan entre los sietemiles más peligrosos del mundo. El propio relieve, con aristas largas y glaciares rotos, dificulta cualquier maniobra de rescate por tierra. Si añadir una camilla ya complica a 5.000 metros, a 7.000 es casi inviable sin un contingente numeroso y un parte estable durante varios días.
En el expediente personal de Nagovitsina hay otra cicatriz: hace cuatro años, en el Khan-Tengri, vivió una tragedia similar. Allí murió su marido y ella se negó a abandonarlo. Quienes estuvieron entonces recuerdan la dureza de esa decisión. Khan-Tengri, segundo coloso del Tian Shan, es una pirámide perfecta que engaña: su estética es hipnótica, su riesgo es real. Esa experiencia, dramática, ayuda a entender por qué su nombre resuena hoy con más fuerza en la comunidad de alpinismo.
El debate que se abre no es nuevo. ¿Dónde está la línea entre la responsabilidad individual del montañero y la capacidad de respuesta de un país con recursos limitados? En Nepal, los helicópteros han mejorado, y los rescates con eslinga larga son más frecuentes en valles conocidos. En Kirguistán, el despliegue es menor, el relieve es más salvaje y la meteorología, más caprichosa. Las federaciones suelen recordar una máxima: por encima de 6.000 metros, la mejor opción suele ser la autosuficiencia. El Estado acude, sí, pero no siempre puede llegar a tiempo.
También hay una conversación pendiente sobre la cultura de cumbre. Los calendarios apretados, las ventanas estrechas y la presión por llegar arriba empujan a veces decisiones que se pagan en el descenso, cuando el cuerpo va vacío. La mayoría de accidentes graves en montaña ocurren bajando. Esto no señala a nadie en concreto; describe un patrón conocido por guías y veteranos.
¿Qué viene ahora? En los próximos meses, con el deshielo y días más largos, es probable que se organice un operativo para localizar restos y, si es posible, recuperarlos. Ese trabajo también sirve para documentar lo ocurrido: condiciones del terreno, posible trayectoria, puntos de descanso, cualquier rastro de vivac. Es información que ayuda a las familias y que, a la vez, alimenta la prevención para futuras expediciones.
Hay además asuntos prácticos que dependen de esa búsqueda: certificados, seguros, repatriaciones, acompañamiento a familiares. En casos así, suele activarse una coordinación entre autoridades locales, servicios de rescate, federaciones de montaña y la representación diplomática del país de origen. Todo ello, de nuevo, condicionado a que la montaña deje trabajar.
El interés internacional que ha generado esta historia no se explica solo por la dureza del caso. Expone, sin filtros, la fragilidad humana en altura, donde la técnica y la experiencia cuentan, pero la suerte y el tiempo mandan. Y recuerda que el Tian Shan no concede treguas, ni siquiera a quienes lo conocen bien.
En las redes de alpinismo, el seguimiento permanece. Se comparten partes meteorológicos, croquis de rutas, comparativas de temporadas y consejos para quienes planeen viajar este año a Kirguistán. Es información útil, pero lleva un subtexto claro: asumir el riesgo real. Ese aprendizaje, a veces, llega de la manera más cruel.
Mientras tanto, la familia de Nagovitsina se mueve entre la esperanza y la aceptación. Dos semanas a 7.000 metros es un umbral que casi nadie supera. Pero los afectos no siguen tablas ni estadísticas. Por eso, aunque el calendario diga invierno y la montaña cierre el paso, el deseo de volver a verla empuja a pedir una oportunidad más. La respuesta, hoy, la tiene el tiempo y, sobre todo, el clima.
- Altura: alrededor de 7.000 metros, con hipoxia y frío extremo.
- Meteorología: vientos fuertes, nubosidad y -28 ºC que impiden volar y moverse.
- Terreno: glaciares rotos, aristas largas y riesgo de avalanchas.
- Medios: helicópteros con techo limitado y pocas ventanas de seguridad.
- Tiempo transcurrido: sin comunicaciones ni señales de vida desde hace días.
Cuando llegue la primavera al Tian Shan, el Pico de la Victoria seguirá ahí, imponente y hostil. Con suerte, habrá una ventana breve para subir, buscar y traer respuestas. Es lo único que la montaña concede cuando el invierno ya ha dicho que no.